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Más de 200 días sin clases presenciales y la quietud de los gremios es notable

Por Martín Sperati

Se ha producido un proceso complejo en los últimos veinte años en los que se ha desarticulado eso que llamábamos comunidad educativa. La escuela antes era un territorio compartido entre los docentes, los directivos, los alumnos y los padres.

Esa comunidad se ha retirado por razones complejas y diversas. Y ese lugar lo ha ocupado un sindicalismo docente, ideologizado, combativo, que cree más en la lucha que en la educación.

En consecuencia concibe la acción sindical de la docencia como una acción de militancia en función de slogans y de convicciones ideológicas y ha perdido de vista el valor de la educación.

Hoy tenemos millones de chicos que en la virtualidad han quedado abandonados. Las escuelas han seguido funcionando de manera virtual sólo para una minoría, una minoría privilegiada. En nombre de este ideologismo supuestamente progresista estamos consagrando una desigualdad brutal.

Entre el 2002 y el 2018 si uno suma los días de paro, hubo un año completo de paro docente.

La tragedia de ese pibe que pierde tiempo de educación, es una tragedia que pagará con su fracaso, con su frustración, con su marginación durante toda su vida.

Lo que hay es cierta indiferencia frente a la debacle de la escuela pública de la que tenemos que hacernos cargo todos como ciudadanos.

Preguntarnos por la razón de ese conformismo y esa indiferencia es una pregunta muy profunda que nos debemos hacer como sociedad.

Cómo la presión de los padres no es mayor para que las escuelas no abran. Lo que está pasando en Argentina no tiene parangón en el mundo.

Hacernos los distraídos frente a estos, no estar movilizándonos en un reclamo más potente por esto es algo que debe interrogarnos como sociedad.

Los sindicatos docentes han venido adquiriendo un enorme poder, una enorme influencia que es económica porque son sindicatos muy poderosos económicamente, es política por su capacidad de movilización. Esto hace que se hayan convertido en actores aún más poderosos que muchos ministros de Educación.

Los gobiernos no sé si les tienen miedo pero no están dispuestos a dar la batalla por la educación y en detrimento de cierto ideologismo sindical porque les resulta más cómodo, menos costoso una connivencia con los sindicatos.

Ahí se vio también el poder enorme que han acumulado los gremios docentes. Un paro docente implica desacomodar la vida de las familias.

“Cuando uno observa las grandes movilizaciones políticas la presencia de los docentes es la segunda después de los movimientos sociales”.

Eso hace que hoy la pulseada con los gremios docentes sea muy costosa y de alto riesgo para la política y para cualquier gobierno.